AGUSTÍ Y ANTONIA TORRES Miquel Barceló, durante los trabajos en la
cúpula de la sede de la ONU en Ginebra
Sábado, 08-11-08
Ya advirtió el jueves el ministro de Exteriores que el proyecto de la
cúpula de Barceló en la sede de Naciones Unidas en Ginebra es una nueva
manera de hacer diplomacia y política exterior. ¿Se refería quizá
Moratinos al hecho de utilizar una
partida
de 500.000 euros con cargo al Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD)
para financiar dicho proyecto?
Tal como consta en los acuerdos del Consejo de Ministros del 14 de
diciembre de 2007, se aprobó una partida de 1.462.700 euros como
contribución de España a la Fundación Onuart, destinada a la remodelación
y renovación de la Sala XX de la sede de Naciones Unidas en Ginebra, así
como otra contribución, también aprobada ese mismo día por el Consejo de
Ministros, con cargo al Fondo de Ayuda al Desarrollo.
¿Qué es el FAD?
El FAD es un fondo dotado por el Estado español para otorgar ayudas
financieras de carácter concesional a países en vías de desarrollo, a sus
instituciones públicas o a sus empresas residentes. Suiza no parece
precisamente un país en vías de desarrollo. También se prevé este fondo
para instituciones financieras multilaterales, pero se supone que
remodelar una sala (por mucha ONU y mucho Barceló que sean) no justifica
tirar de fondos previstos para el desarrollo.
En un solo día, pues, el Consejo de Ministros aprobó con destino a la sala
bautizada por Zapatero como Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza
de Civilizaciones un total de
1.962.700 euros. A ello hay que sumar la subvención que el
Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación hizo a la Fundación
Onuart el 1 de agosto de 2008 por un total de
2.037.200 euros. Cuatro millones de euros de fondos públicos
destinados ya a este proyecto, amén de los 7 millones aportados por una
decena de empresas privadas que forman parte del Patronato de la Fundación
Onuart: Repsol, Telefónica, Agbar, La Caixa, Indra, Galería Art Gaspar,
Hotetur Club, Caixa Cataluña, Mutua Madrileña, Caja España, Caixa Galicia,
Grupo Santander y Cajasol.
A ellos hay que sumar las aportaciones, menores, de las entidades
colaboradoras de esta fundación: los Gobiernos de las Comunidades
Autónomas de las Islas Baleares, Cataluña, Andalucía, Extremadura y el
Principado de Asturias; la Fundación Areces, Iberdrola, la Caixa de
Baleares «Sa Nostra», la Confederación de Empresas e Industrias de Madrid/CEIM
y el grupo Barceló. A pesar de este rosario de patronos y colaboradores, y
de la inyección económica que supone, Exteriores tiene por delante una
difícil papeleta por resolver. A los 11 millones de euros aproximadamente
que se han conseguido de financiación (40% pública y 60% privada) faltan
por sumar en torno a 9 millones más, que aún no se sabe de dónde van a
salir.
ABC ha podido saber que el coste total del proyecto
sobrepasará los 20 millones de euros. Si no se logra atraer más
capital privado no quedará otra solución que tirar de las arcas públicas.
Ya en la remisión a las Cortes del acuerdo para la remodelación de la sede
de la ONU en Ginebra se advierte que «para la financiación del coste de
las obras se acudirá, en la medida de lo posible, al patrimonio privado».
Y parece que la medida de lo posible ha sido imposible. Visto lo visto, no
es de extrañar que a Moratinos le cueste dar cifras públicamente, porque
las cuentas, sensillamente, no salen.
Pero, ¿en qué se han gastado 20 millones de euros? Pues, además de los
honorarios del artista, que ha trabajado con un equipo de entre quince y
veinte personas durante el año y medio que han durado los trabajos y ha
empleado 35.000 kilos de pintura (hay quien dice que Barceló ha cobrado en
torno a 6 millones de euros, aunque el dato no está confirmado
oficialmente), ha habido que contratar seguros y, sobre todo, ha habido
que remodelar, reacondicionar y amueblar una sala inmensa -la cúpula tiene
unos 1.400 metros cuadrados-, cuyos costes de actuación ascendieron, en
una previsión inicial, a 4 millones de dólares. Es posible que esta cifra
haya aumentado.
Y es que a España no le bastó con financiar la obra de Barceló. Se
comprometió, entre otras muchísimas cosas, a estudiar, supervisar,
ejecutar y financiar en su totalidad el proyecto, a asumir los costes de
limpieza y mantenimiento de la obra de Barceló durante toda la vida de la
misma (la ONU, generosamente, corre con los gastos del mantenimiento
rutinario de la sala), a asumir las coberturas de seguros tanto de
construcción como de indemnización a los trabajadores y de
responsabilidad, a correr con los gastos que se deriven de reubicar las
reuniones y conferencias previstas en un local alternativo si hubiese
retraso en las obras... Que lo hubo. La obra no se entregó el 18 de
diciembre de 2007, como estaba previsto; su inauguración será otro día 18,
pero once meses después. La propiedad intelectual de la obra permanece en
poder de Miquel Barceló, aunque la ONU se reserva el derecho de reproducir
imágenes de la obra en medios relacionados con este organismo.
Al menos nos queda un consuelo. En el acuerdo entre España y Naciones
Unidas relativo a la remodelación y renovación de la Sala de los Derechos
Humanos y de la Alianza de Civilizaciones, cuya firma autorizó el Consejo
de Ministros en su reunión de 27 de abril de 2007, y que rubricaron Miguel
Ángel Moratinos y el vicepresidente general de Naciones Unidas, Sergei A.
Ordzhonikidze, consta en uno de sus 30 apartados -en ellos se determinan
los trabajos asumidos por España, el régimen de responsabilidades y
seguros y los mecanismos de arbitraje en caso de discrepancias- el
«compromiso de Naciones Unidas de instalar una placa en la sala, de forma
permanente y en zona visible, reconociendo que las obras de renovación,
remodelación y modernización, así como la creación e instalación
permanente en la cúpula de la obra de arte de Miquel Barceló, constituyen
una donación del Reino de España». París bien vale una misa... y 20
millones de euros bien merecen una placa. ¿O no?